EL SENTIDO DEL LAICISMO EN NUESTRA SOCIEDAD

Rep:. Logia Conde Saint Germain Nº 8

EL SENTIDO DEL LAICISMO EN NUESTRA SOCIEDAD

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I – INTRODUCCIÓN

Definición del laicismo: Doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa.

La palabra « laico » apareció en el siglo XIII pero se usó poco hasta el siglo XVI. Viene del Latín laicus « común, del pueblo » opuesto a klerikos « clérigo » que designa las instituciones religiosas propiamente tal. El término laicus es utilizado en el vocabulario de las iglesias cristianas desde la Antigüedad para designar a cualquier persona de la comunidad que no es ni clérigo, ni religioso – o sea – profano en cuanto a teología. Sin embargo, esta persona pertenecía a la Iglesia, en el sentido que seguía su culto (ser no creyente era inconcebible en la época) e incluso podía ejercer cargos importantes en ella. En la Edad Media, la palabra “laico” designa al hombre común, a quien le debe enseñar el individuo instruido, consagrado por su estado religioso.

El concepto de laicismo encuentra sus raíces profundas en los escritos de los filósofos griegos y romanos, como Marco Aurelio y Epicuro, luego en los de los pensadores de las Luces, como Diderot, Voltaire, John Locke, los padres fundadores de los EE.UU. como Thomas Jefferson y Thomas Paine; en Francia con las leyes de Jules Ferry (1832-1893, quien venció la resistencia católica e instauró un sistema de enseñanza pública laica, obligatoria y gratuita), así como en escritos de libres pensadores modernos, agnósticos y ateos, como Bertrand Russell, Albert Einstein y Sam Harris.

II – DESARROLLO

El laicismo es un concepto relativamente reciente puesto que, en su forma actual, en Francia por ejemplo se institucionalizó solamente en 1905. Chile se interesa en el tema solamente desde hace unos cuantos años, impulso que fue dado principalmente por la Masonería de este país.
Parece importante darle una definición definitiva, explicarla, evaluar los orígenes, las implicaciones modernas y el futuro. El laicismo se apoya en dos pilares: la ética (la libertad absoluta de conciencia) y el estatuto cívico (separación de las Iglesias y del Estado).

El  Laicismo  establece estrictamente la diferencia entre dos universos distintos: el interés general y la convicción individual. Por otra parte, se hace indispensable reconocer “la existencia de una real mezcolanza cultural”, que sólo puede aumentar a futuro por el fenómeno de la globalización. La pregunta es  saber cómo podremos manejar esa diversidad, manteniendo el concepto de la universalidad republicana.

Por último, del interrogante y del miedo a perder su alma y su propia identidad, se nutren todas las formas de integrismo (étnico, cultural, religioso sobre todo), que ven en el laicismo, no una elección de sociedad y la condición de la paz social, sino un riesgo adicional de disolución de esa identidad.

El laicismo es una regla de vida, en una sociedad democrática. Impone que se les sean entregados a los hombres – sin distinción de clase, origen, confesiones –, los medios de ser ellos mismos, libres de sus compromisos, responsables de su completo desarrollo y maestros de su destino.


1.  La Historia: Referencia a Francia, precursor de un Estado laico.

La reivindicación laica se desarrolló esencialmente cuando una iglesia, en este caso la Iglesia católica romana, quiso imponer un poder totalitario estricto, o sea que abarcara todos los aspectos de la sociedad civil, política, económica, de hecho ahí mismo donde la religión se hizo poder. 

Frente a ese poder, se manifestaron veleidades, unas sucesivas de liberación unas veces políticas, otras espirituales o ambas a la vez. En la Edad Media, es dentro de la Iglesia católica que nacen esos movimientos, rápidamente calificados de heréticos y  muy pronto reprimidos. De los primeros reformadores a los filósofos del siglo XVIII, la idea evolucionó, quedándose a pesar de todo, asociada a un doble movimiento emancipador:

  • el del pensamiento libre, liberándose de a poco de las creencias obligatorias,
  • el de una sociedad que reivindicaba libertades políticas.


Frente a esto, la Iglesia católica, dirigida por un papado aferrado a un poder temporal que ni siquiera le reconocen sus textos fundadores, se encerró cada vez más en una negación total, definitiva de cualquier movimiento emancipador. En Francia, la alianza más que milenaria entre « el Trono y el Altar » hizo el conflicto religioso inevitable, a partir del momento que se desarrollaba la protesta política. En este estado de espíritu, los filósofos del siglo XVIII, animados por el espíritu de las Luces, llevan un doble asalto ideológico contra las dos formas de absolutismo, real y religioso. La reivindicación de la libertad de pensar y la referencia a la Razón radicalizan ese movimiento perfectamente ilustrado por Condorcet.

En el siglo XIX, la formación progresiva de la idea republicana, su anclaje en la plataforma de las libertades revolucionarias, del progreso social, de la liberación de las mentes de todas las formas de oscurantismo, llevó el último toque a esa evolución. 

La separación de las Iglesias y del Estado habría podido ser el símbolo del acabamiento de una etapa esencial, si no hubiera sido, desde entonces, constantemente cuestionada, de manera directa o no, por los ataques de todos quienes siguen convencidos de que el hombre es incapaz de asumir plenamente los efectos de su libertad absoluta de conciencia.


Si en la historia de Francia, todos los grandes combates por la libertad y la justicia fueron portadores de la exigencia de laicidad, todos los períodos de reacción vieron, por contraste, el regreso de la dominación religiosa. 

Renacimiento, Reforma, Revolución, República: estas diferentes etapas de la formación de la idea laica han dado al ciudadano del siglo XXI un lugar particular en ese mundo nuevo que se está edificando. El problema que se le plantea en la actualidad está claro:

  • ya renuncia a esa especificidad y abandona a plazo el progreso enorme que hizo en los siglos pasados,
  • ya está convencido que la idea laica, lejos de ser un freno a cualquier tipo de integración, puede ser al contrario una palanca enorme de aceleración de la marcha hacia la unidad. 

2. Los valores laicos: El humanismo laico se fundamenta en el principio de la libertad absoluta de conciencia.

Libertad del espíritu: emancipación frente a todos los dogmas; derecho a creer o a no creer en Dios; autonomía del pensamiento para con los apremios religiosos, políticos, económicos; liberación de los modos de vida con relación a los tabúes, a las ideas dominantes y a las reglas dogmáticas.


El laicismo apunta a liberar al niño y al adulto de todo cuanto aliene o pervierta el pensamiento, particularmente las creencias atávicas, los prejuicios, las ideas preconcebidas, los dogmas, las ideologías que opriman, las presiones de orden cultural, económico, social, político o religioso.

El laicismo dirige sus esfuerzos en desarrollar en el ser humano, en el marco de una formación intelectual, moral y cívica permanente, el espíritu crítico así como el sentido de la solidaridad y de la fraternidad. 

La libertad de expresión es el corolario de la libertad absoluta de conciencia. Es el derecho y la posibilidad material de decir, escribir y difundir el pensamiento individual o colectivo. Las nuevas técnicas de comunicación hacen esa exigencia todavía más vital. Y en este dominio de la información y de la comunicación más que en cualquier otro lugar, la vigilancia ha de ser particular frente a los enormes medios de manipulación y de perversión del pensamiento.

La moral laica que se desprende de ellos es sencilla. Se fundamenta en los principios de tolerancia mutua y de respeto de los demás y de sí mismo. El bien, es todo lo que libera, todo lo que exime; el mal, es todo lo que esclaviza o envilece. El laicismo tiene por objetivo en ese contexto de dar los medios al hombre para lograr una total lucidez y una plena responsabilidad de sus pensamientos y de sus actos.

Indudablemente, la tolerancia es la consecuencia lógica de los valores anterior, si no fuera así, estaría en peligro la armonía social. Pero la tolerancia sólo tiene sentido si es compartida y siempre tendrá por limitaciones la intolerancia, el rechazo al otro, el racismo y el totalitarismo.


El rechazo del racismo y de la segregación bajo todas sus formas es inseparable del ideal laico. La sociedad nueva que queremos no puede ser solamente la simple yuxtaposición de comunidades, que, en la mejor hipótesis, se ignoran y en el peor de los casos, se exterminan. Ninguna sociedad de paz puede edificarse en la separación definitiva de grupos culturales, lingüísticos, religiosos, sexistas u otros. El paso es demasiado fácil de separación a segregación, a rivalidades y conflictos. Y eso, incluso si la separación se presenta como una necesidad vital de desarrollo.

El ideal laico en ningún caso puede acomodarse a la idea de « desarrollo separado », a menudo practicado en sociedades de tipo anglosajón. El principio mismo de “discriminación positiva” no podría constituir en sí una solución a la liberación de un grupo. El único medio de desarrollo social es la integración – distinta a la asimilación- la participación de todos en una colectividad de ciudadanos libres e iguales en derechos y deberes. Los únicos grupos sociales aceptables se fundamentan en la elección, la libre pertenencia y la apertura.

La ética laica por último lleva a la justicia social: igualdad de derechos e igualdad de las oportunidades. La educación laica, la escuela, el derecho a la información, el aprendizaje de la crítica, son las condiciones de esa igualdad.

3. Las prácticas laicas : Un estatuto cívico y social.

Más allá de los principios, el laicismo es una actitud cuyos campos de aplicación abarcan todos los aspectos de la sociedad. El principio de este estatuto cívico, jurídico, institucional, es sencillo. Se basa en la distinción clara, para cada ciudadano, entre una esfera pública y una esfera privada.

  • La esfera privada, personal, la de la libertad absoluta de conciencia, y donde se expresan las convicciones filosóficas, metafísicas, las creencias, las prácticas religiosas eventualmente y los modos de vida comunitarios.


La esfera pública, ciudadana, en la que el ciudadano evoluciona socialmente, económicamente, políticamente y jurídicamente. Las reglas son claramente definidas y basadas en los Derechos Humanos. Ningún grupo, ningún partido, ninguna secta, ninguna iglesia, puede pretender a fortiori, captar para su beneficio propio, el funcionamiento de la sociedad republicana así definida.

La separación de las iglesias y del Estado es la piedra angular de la laicización de la sociedad. No puede sufrir excepción o arreglo alguno. Su totalidad, su integridad son la condición de su existencia misma. Es la única manera de permitir a cada uno creer o no creer, librando las iglesias de las lógicas de los lazos convencionales con el Estado. Si las iglesias quieren existir, que los fieles les proporcionen los medios, la religión es asunto de convicción personal. 

La primera manifestación del carácter laico de un país es la independencia del estado y de todos los servicios públicos para con las instituciones o influencias religiosas. 

La laicización tanto de estatutos individuales, como de códigos individuales y de servicios considerados indispensables para el funcionamiento de la sociedad, ha sido uno de los aspectos esenciales del ejercicio de la libertad y de la igualdad de los derechos: 

  • Nacimiento, vida y muerte no más considerados únicamente bajo el ángulo de la religión o de la pertenencia comunitaria, sino bajo el de la libertad individual.
  • Igualdad de todos ante los servicios públicos. La eventual pertenencia a un grupo religioso, étnico, social…, no puede ser tomada en cuenta en lo que se refiere al acceso de los usuarios. La mención oficial de esa pertenencia debe ser considerada como discriminatoria. Es cada día más obvio que la noción misma de servicio público está estrechamente ligada a la práctica del laicismo. 
  • La ley civil es la única capacitada a organizar los dominios de la vida cívica y social. Los representantes de la República, elegidos o funcionarios, respetan en cambio en el ejercicio de sus funciones, una neutralidad absoluta frente a prácticas individuales o colectivas y observan una estricta obligación de reserva.   
  • La escuela laica y republicana, por último, debe ser preservada de cualquier penetración económica, confesional o ideológica, incluso si se encuentra disfrazada en aspectos  denominados « culturales ». La escuela no es un lugar de manifestación, ni de enfrentamiento de diferencias; es “un lugar donde se suspenden, de común acuerdo, los particularismos y las condiciones de hecho ». La escuela debe proscribir cualquier forma de proselitismo.


 4. El futuro:  Nuevos campos de aplicación.

En un mundo caracterizado por el profundo cambio de estructuras económicas, políticas, sociales y culturales que hayamos conocido desde siglos, el laicismo aparece como la respuesta a esa interrogante fundamental: ¿qué hacer para remediar a la inquietud, a la angustia, a la indiferencia, al abandono de la noción de responsabilidad, a la violencia?  

En una sociedad cada día más multicultural, el laicismo puede enseñar a los individuos a cooperar, a encontrar las modalidades de un buen entendimiento, a armonizar sus diferencias con tolerancia y respeto. Ya se habló sobre los peligros del comunitarismo. Constatamos un aumento del nacionalismo que se nutre de los odios étnicos y religiosos. El laicismo es el único concepto que es capaz de volver a dar condiciones de una paz sostenible.  Obviamente, queda mucho por hacer todavía.

 III – CONCLUSIÓN

El laicismo como ya vimos, ha sido un concepto totalmente pensado y expuesto por la antigua civilización greco-romana. Se perdió en los siglos siguientes y por mucho tiempo por la influencia y el poder de las religiones sobre el libre albedrío de los hombres y su libertad de pensar y actuar. Es ahora, al contrario, una idea de progreso y de múltiples campos de aplicación que se abren ante él.

El laicismo ha llegado a ser institucional. Es un cuadro legal, una regla del juego. Sus reglas son aplicables a la totalidad del cuerpo social y no es el resultado de contratos evolutivos entre comunidades o grupos. Hay un solo laicismo; no puede ser ni “nuevo” ni “plural.“

Es un concepto que se basa en principios humanitarios forjados a través de la historia. Es una afirmación fuerte de sentido y de valor al servicio de la libertad individual. Garantiza la paz civil , conlleva una moral personal y una ética social. Es acción y voluntad, incluso resistencia; resistencia a la facilidad del renuncio, a la comodidad del pensamiento único.

No puedo terminar  este trabajo, sin recordar que la GLMCH pertenece a CLIPSAS, como 70 otras Grandes Logias del mundo entero; esta Institución Masónica Internacional se fundamenta “en la absoluta libertad de conciencia y perfecta tolerancia mutua, rechaza la intolerancia y el dogmatismo, es apertura al otro, sin condición de reciprocidad”. Aunque no se mencione la palabra “laicismo”, corresponde totalmente a su concepto y sentido en todo lo que abarca. Como Masones, por nuestro ideal de justicia, de tolerancia, de libertad, por ser adogmáticos y liberales, en mi opinión, el concepto del laicismo es totalmente nuestro, por el cual debemos luchar, si queremos una sociedad más justa, equilibrada y pacífica.

ES MI PALABRA.

Q:.H: O. de T. P.

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